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Un Momento Entre Palabras nº3
con Milena de Jong
Disfruta de esta edición con Milena de Jong y déjate acompañar por la voz, las palabras y las historias.
Un momento entre palabras
Hola a todos. Bienvenidos una semana más.
Como ya sabéis, me gusta empezar cada programa retomando la pregunta que dejamos la semana anterior.
La semana pasada, después de hablar de aquel gran diamante y de cómo cada uno de nosotros puede aportar algo único, os pregunté:
«¿Qué crees que aportas tú a ese gran diamante?»
Y, como cada semana, yo también he querido responder a la pregunta. En este caso, la respuesta la tengo bastante clara: creo que una de las cosas que puedo aportar es mi manera de escuchar.
Siempre he sido una persona a la que le ha salido de forma bastante natural escuchar a los demás, intentar entender qué les pasa, ponerme un poquito en su lugar y prestar atención a lo que me están contando. Y con los años me he dado cuenta de que escuchar de verdad es algo mucho más importante de lo que a veces pensamos.
Para quienes no lo sepáis, soy profesora. Y creo que mi profesión no hizo que empezara a ser así, porque es algo que siento que ha estado en mí desde siempre; pero sí me ha hecho todavía más consciente de la importancia que tiene saber escuchar.
Porque cuando eres profesora puedes enseñar una materia —en mi caso, inglés—, explicar contenidos, preparar actividades, corregir exámenes, poner notas… Pero delante de ti no tienes solamente alumnos. Tienes personas. Personas que tienen días buenos y días malos. Que tienen inseguridades, ilusiones, miedos, preocupaciones… y muchísimas cosas que nosotros no conocemos.
Y ahí es donde para mí empieza algo muy importante: intentar mirar un poquito más allá de lo que vemos.
Puede haber un alumno que normalmente participa muchísimo y un día no dice absolutamente nada. Otro que parece distraído. Alguien que está más irritable. O, simplemente, una persona que ese día no está siendo como suele ser.
Y es muy fácil quedarnos únicamente con lo que vemos: «Hoy no está trabajando», «Hoy no está atento», «Hoy tiene una actitud diferente». Pero detrás de todo eso puede haber muchísimas cosas que desconocemos.
Y no significa que tengamos que justificarlo todo, ni que podamos saber siempre qué le ocurre a alguien. Muchas veces no lo sabremos. Pero sí podemos intentar mirar un poquito más allá. Preguntar: «¿Estás bien?». Y, si esa persona quiere hablar, escuchar. De verdad.
Porque podemos oír a una persona sin estar escuchándola realmente. Mientras alguien nos habla, podemos estar pensando en qué vamos a responder, mirando el móvil, pensando en otra cosa… O simplemente esperando nuestro turno para hablar.
Pero escuchar de verdad es otra cosa. Existe algo que llamamos escucha activa. Quizá el nombre suene un poquito técnico, pero la idea es bastante sencilla: para mí significa estar presente cuando otra persona nos está hablando. Intentar comprender lo que nos quiere decir. Mirarla. Preguntar. Dejar que termine. Y, sobre todo, intentar escuchar sin juzgar inmediatamente lo que nos está contando.
Parece fácil, pero no siempre lo hacemos. Porque muchas veces, cuando alguien nos cuenta un problema, nuestra primera reacción es intentar solucionarlo:
«Pues haz esto». «Yo en tu lugar haría aquello». «No pienses más en eso». «No estés triste». «No es para tanto».
Y seguramente lo hacemos con buena intención. Queremos ayudar. Pero quizá esa persona no necesita que solucionemos nada. Quizá simplemente necesita poder decir: «Hoy no estoy bien», y que alguien se quede ahí para escucharla.
Y esto no ocurre solamente en un aula. Nos pasa con nuestros amigos, nuestra familia, nuestra pareja, nuestros compañeros de trabajo… Incluso con personas que acabamos de conocer. Todos necesitamos sentir alguna vez que alguien nos está escuchando.
Y creo que ahí aparece también otra palabra que para mí está muy relacionada con todo esto: empatía.
Para mí, tener empatía no significa entender perfectamente todo lo que siente otra persona. Hay experiencias que no hemos vivido y quizá nunca podremos saber exactamente cómo se siente alguien. Pero podemos intentar acercarnos. Podemos preguntar. Podemos intentar no juzgar. Podemos acompañar. Podemos estar.
Y hay otra cosa que hacemos muchísimo. Alguien empieza a contarnos algo y enseguida respondemos: «Pues a mí también me pasó…» y empezamos a contar nuestra historia. Yo también lo he hecho. Y muchas veces lo hacemos precisamente intentando demostrar que entendemos a la otra persona. Queremos decirle: «Te comprendo porque yo también he pasado por algo parecido».
Pero, sin darnos cuenta, podemos acabar haciendo que una conversación que era sobre esa persona termine siendo sobre nosotros. Y creo que escuchar activamente también significa aprender a dejar espacio. No necesitamos tener siempre una historia parecida, ni una respuesta, ni un consejo. A veces podemos decir simplemente: «Te escucho».
Y quizá por eso me gusta tanto la poesía. Porque la poesía también necesita que la escuchemos despacio. Un poema no siempre te lo da todo a la primera. A veces tienes que volver a leer un verso, dejarlo reposar, preguntarte qué te está queriendo decir… O simplemente qué te está haciendo sentir.
Y creo que con las personas pasa algo parecido. A veces escuchamos únicamente las palabras que nos dicen, pero no todo lo que hay detrás de ellas. Un «estoy bien» puede esconder muchas cosas. Un silencio también puede estar diciendo algo. Y quizá escuchar de verdad se parece un poquito a leer poesía: no quedarnos solamente con las palabras, sino intentar comprender lo que hay entre ellas.
Al final, tanto en la literatura como en la vida, hay cosas que no se dicen directamente. Y quizá por eso necesitamos aprender no solo a escuchar las palabras… sino también los silencios.
Creo que escuchar es también una forma de cuidar. Vivimos bastante rápido. Vamos de un sitio a otro. Tenemos mensajes, notificaciones, cosas que hacer, cosas que pensar… Y encontrar a alguien que durante unos minutos esté realmente contigo no siempre es tan fácil. Por eso creo que regalar nuestra atención a otra persona puede ser mucho más importante de lo que pensamos. Porque cuando alguien siente que le escuchamos, de alguna manera también le estamos diciendo: «Lo que me estás contando importa. Lo que sientes importa. Tú importas».
Y tampoco creo que tengamos que hacerlo perfectamente. Habrá días en los que estaremos cansados. Días en los que nosotros también necesitaremos que nos escuchen. Momentos en los que diremos algo y después pensaremos que quizá no era lo que la otra persona necesitaba escuchar. Somos humanos. Pero sí podemos intentar ser un poquito más conscientes y hacernos de vez en cuando una pregunta muy sencilla: ¿Estoy escuchando de verdad o simplemente estoy esperando para responder?
«Para dialogar, preguntad, primero; después… escuchad.»
Tres versos. Nada más. Y, sin embargo, creo que dicen muchísimo. Preguntar… y después escuchar. Parece sencillo, ¿verdad? Pero quizá no siempre lo hacemos.





