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Rubén Darío – Homenaje

Rubén Darío

El renovador de la poesía en lengua española

Rubén Darío, nacido como Félix Rubén García Sarmiento el 18 de enero de 1867 en Metapa (actual Ciudad Darío, Nicaragua), es una de las figuras más trascendentales de la literatura universal. Poeta, periodista y diplomático, su nombre está íntimamente ligado al modernismo, movimiento que transformó radicalmente la forma de escribir y sentir la poesía en español.

Desde muy joven mostró un talento excepcional para la escritura. A los trece años ya era conocido como “el poeta niño”, y su precocidad lo llevó a publicar en periódicos y revistas de varios países de Centroamérica. Su vida estuvo marcada por constantes viajes por América y Europa, experiencias que ampliaron su horizonte cultural y enriquecieron su obra con influencias francesas, especialmente del simbolismo y el parnasianismo.

Darío rompió con la rigidez de la poesía tradicional. Introdujo nuevos ritmos, una musicalidad inédita y un lenguaje lleno de imágenes sensoriales. La belleza, el arte, la mitología, el amor, el exotismo y, en su etapa madura, la reflexión sobre el tiempo y la existencia, se convirtieron en los grandes ejes de su poesía.

Su obra no solo renovó la forma, sino también el espíritu de la literatura hispánica. Gracias a él, la poesía en español entró en una etapa de modernidad comparable a la de las grandes literaturas europeas. Por ello, se le reconoce como el padre del modernismo y el príncipe de las letras castellanas.

Rubén Darío falleció el 6 de febrero de 1916 en León, Nicaragua, pero su legado sigue vivo. Su influencia se extiende a generaciones enteras de poetas como Pablo Neruda, Juan Ramón Jiménez, Octavio Paz y Federico García Lorca.

Sonatina (1896)

La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa? Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro, está mudo el teclado de su clave sonoro, y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor. El jardín puebla el triunfo de los pavos reales. Parlanchina, la dueña dice cosas banales, y, vestido de rojo, piruetea el bufón. La princesa no ríe, la princesa no siente, la princesa persigue por el cielo de Oriente la libélula vaga de una vaga ilusión. ¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China, o en el que ha detenido su carroza argentina para ver de sus ojos la dulzura de luz? ¿O en el rey de las Islas de las Rosas fragantes, o en el que es soberano de los claros diamantes, o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz? ¡Ay! la pobre princesa de la boca de rosa quiere ser golondrina, quiere ser mariposa, tener alas ligeras, bajo el cielo volar; ir al sol por la escala luminosa de un rayo, saludar a los lirios con los versos de mayo, o perderse en el viento sobre el trueno del mar. Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata, ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata, ni los cisnes unánimes en el lago de azur. Y están tristes las flores por la flor de la corte; los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte, de Occidente las dalias y las rosas del Sur. ¡Pobre princesa de los ojos azules! Está presa en sus oros, está presa en sus tules, en la jaula de mármol del palacio real; el palacio soberbio que vigilan los guardas, que custodian cien negros con sus cien alabardas, un lebrel que no duerme y un dragón colosal. ¡Oh! quién fuera hipsipila que dejara la crisálida, la princesa está triste. La princesa está pálida, la princesa está pálida de tanto suspirar. —¡Calla, calla, princesa! —dice el hada madrina—, en caballo con alas, hacia acá se encamina, en el cielo ya flota un lucero de amor. Ya te trae un príncipe que te ama, y del viento, de la espuma del mar y del sol naciente, te traerá un collar de luz y un manto de amor.

A Roosevelt (1904)

Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman, que habría de llegar hasta ti, Cazador, primitivo y moderno, sencillo y complicado, con algo de Washington y cuatro de Nemrod. Eres los Estados Unidos, eres el futuro invasor de la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español. Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza; eres culto, eres hábil; te opones a Tolstói. Y domando caballos, o asesinando tigres, eres un Alejandro-Nabucodonosor. Crees que la vida es incendio, que el progreso es erupción; en donde pones la bala, el porvenir pones. No. La América española vive, y sueña, y ama, y vibra; y es la hija del Sol. La América nuestra, que tenía poetas desde los viejos tiempos de Netzahualcóyotl, que ha guardado las huellas de los pies del gran Baco, que el alfabeto pánico en un tiempo aprendió; que consultó los astros, que conoció la Atlántida, cuyo nombre nos llega resonando en Platón; que desde los remotos momentos de su vida vive de luz, de fuego, de perfume, de amor, la América del grande Moctezuma, del Inca, la América fragante de Cristóbal Colón, la América católica, la América española, la América en que dijo el noble Guatemoc: «Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América que tiembla de huracanes y vive de Amor, hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive. ¡Tened cuidado! Vive la América española. Hay mil cachorros sueltos del León Español. Se necesitaría, Roosevelt, ser por Dios mismo el Riflero terrible y el fuerte Cazador, para poder tenernos en vuestras férreas garras. Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!

Canción de otoño en primavera (1905)

Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro, y a veces lloro sin querer. Plural ha sido la celeste historia de mi corazón. Era una dulce niña en este mundo de duelo y de aflicción. Miraba como el alba pura; sonreía como una flor. Era su cabellera oscura hecha de noche y de dolor. Yo era tímido como un niño. Ella, naturalmente, fue para mi amor hecho de ensueño, la amiga fiel de mi querer. ¡Oh, juventud que nunca vuelve, que nunca más he de sentir! ¡Cuánto sueño desvanecido, cuánto amor que se fue de mí! Otra juzgó que era su amante, y yo soñaba en su querer; otra me dio su amor constante, y yo la amaba sin saber. Así fue siempre: un soplo suave, un aire leve que pasó. Hoy me arrepiento de ser joven, de no haber amado como Dios. Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro, y a veces lloro sin querer.

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