


2 · La huella de nuestras palabras
Hola a todos. Soy Milena y bienvenidos una semana más a Un momento entre palabras, este pequeño espacio semanal aquí, en Moments FM, donde compartimos poesía, libros, reflexiones y, sobre todo, palabras.
La semana pasada, en nuestro primer encuentro, estuvimos hablando precisamente de ellas. De la poesía, de mostrarnos un poquito a través de lo que escribimos y de cómo unas palabras pueden llegar a otra persona sin que muchas veces seamos conscientes de ello.
Y terminé dejándoos una pregunta:
«¿Alguna vez unas palabras han llegado a ti justo cuando las necesitabas?»
Esta semana he querido responderla yo también.
Y pensando en ella, me acordé de algo que me dijeron hace ya bastantes años y que, curiosamente, todavía recuerdo. Fue una profesora de arte. No recuerdo exactamente cuáles fueron sus palabras porque ha pasado bastante tiempo, pero sí recuerdo la idea y, sobre todo, recuerdo cómo me hizo sentir.
Nos dijo que todos formábamos parte de un gran diamante precioso y que cada uno de nosotros era una parte de ese diamante que aportaba algo único. Y no sé por qué, pero esa imagen se quedó conmigo.
Seguramente aquella profesora no recuerde haberlo dicho. Quizá fue una reflexión de unos minutos dentro de una clase. Quizá la había dicho otras veces. Incluso puede que para ella no tuviera demasiada importancia. Pero yo la recuerdo años después.
Y eso me hace pensar muchísimo en el poder que pueden llegar a tener nuestras palabras. Porque muchas veces hablamos sin saber qué va a quedarse la otra persona de todo lo que estamos diciendo. Podemos tener una conversación de una hora y que alguien recuerde solamente una frase. O alguien puede decirnos algo durante unos segundos y, sin saber muy bien por qué, esas palabras se quedan con nosotros durante años.
A mí me pasó con ese diamante.
Y me sigue gustando mucho esa imagen. Porque cuando pensamos en un diamante, pensamos en algo que tiene muchas caras, muchos reflejos… y cada parte hace que la luz se vea de una manera diferente. Y quizá las personas somos un poquito así.
Cada uno tiene su manera de ser.
Sus cosas buenas.
Sus inseguridades.
Su historia.
Su forma de mirar el mundo.
Hay personas que tienen muchísima facilidad para hablar. Otras saben escuchar. Hay personas muy creativas. Otras son capaces de hacerte reír cuando tienes un día horrible. Hay quien sabe cuidar. Quien tiene una sensibilidad especial. Quien encuentra soluciones donde los demás solamente vemos problemas.
Y ninguna de esas cosas tiene por qué ser mejor que la otra. Simplemente son diferentes. Y todas pueden aportar algo.
Creo que muchas veces nos cuesta verlo en nosotros mismos. Por lo menos a mí me pasa. Es bastante fácil mirar a otra persona y pensar: «Qué bien hace esto», «qué segura parece», «qué talento tiene», «ojalá yo tuviera eso». Y en cambio nos cuesta muchísimo más mirarnos y reconocer aquello que nosotros también tenemos.
Nos comparamos. Y cuando nos comparamos, normalmente hacemos algo bastante injusto. Comparamos lo que más nos cuesta de nosotros con aquello que mejor vemos en otra persona. Y claro… así siempre perdemos.
«Pero quizá no tenemos que aportar lo mismo que los demás. Quizá ahí estaba precisamente lo bonito de aquella imagen del diamante. Si todos fuéramos exactamente iguales… sería bastante aburrido.»
Y creo que esto también tiene muchísimo que ver con la poesía. Porque puedes darles el mismo tema a diez personas y seguramente escribirán diez poemas completamente diferentes. Una hablará de amor. Otra de una pérdida. Otra quizá escriba algo divertido. Una utilizará palabras muy sencillas. Otra hará algo muchísimo más elaborado. Y ninguna tiene que escribir como la otra. Porque cada persona está escribiendo desde lo que es. Desde lo que ha vivido. Desde su forma de sentir.
Y quizá ahí está también lo bonito de crear. Que podemos aprender muchísimo de los demás, inspirarnos, descubrir autores que nos encantan… pero al final tenemos que encontrar nuestra propia voz.
Y yo también estoy intentando encontrar la mía.
Cuando empecé a compartir mis escritos, una de las cosas que más me preocupaba era precisamente pensar si eran suficientemente buenos. Porque lees a otras personas y piensas: «Madre mía… yo no escribo así». Y no. No escribo así. Escribo como yo. Y sigo aprendiendo.
Habrá cosas que escriba ahora y dentro de cinco años quizá las lea y piense que las habría hecho completamente diferentes. Pero también formarán parte de mí. De la Milena que era en ese momento.
Y creo que tenemos que permitirnos un poquito eso. Hacer cosas sin tener que ser los mejores haciéndolas. Escribir porque nos gusta escribir. Pintar porque nos gusta pintar. Cantar aunque nuestra voz no vaya a llenar un estadio. Bailar aunque no tengamos ninguna intención de subirnos a un escenario.
A veces parece que todo lo que hacemos tiene que servir para algo. Que tenemos que destacar. Que tenemos que conseguir algo con ello. Y quizá algunas cosas pueden existir simplemente porque nos hacen felices.
Y volviendo a aquella profesora… creo que hay otra parte de la historia que me parece todavía más bonita. Ella probablemente no sabe que estoy hablando hoy de esto. No sabe que sus palabras terminarían apareciendo años después en un pequeño espacio de radio. Y seguramente tampoco sabe que yo todavía las recuerdo.
Y eso me hace pensar:
¿Cuántas cosas bonitas habremos dejado nosotros en otras personas sin saberlo?
Quizá alguna vez dijiste algo que alguien necesitaba escuchar. Quizá hiciste sentir acompañado a alguien en un momento difícil. Quizá un alumno recuerda algo que le dijo un profesor hace años. Quizá un amigo todavía recuerda aquella conversación que tú prácticamente has olvidado. O quizá simplemente sonreíste a alguien un día en el que esa persona lo necesitaba. No lo sabemos.
Y también funciona al revés. Por eso creo que tenemos que intentar cuidar un poquito nuestras palabras. No siempre lo hacemos bien. Todos hemos dicho cosas de las que después nos hemos arrepentido. Yo también. Pero quizá ser conscientes de que nuestras palabras pueden quedarse en alguien nos ayuda a tratarlas con un poquito más de cariño.
Porque una palabra puede hacer daño. Pero también puede acompañar. Puede dar seguridad. Puede hacer reír. Puede hacer que alguien se sienta visto. Puede incluso quedarse dentro de una persona durante años. Como aquel diamante se quedó conmigo.
Y quizá por eso este espacio se llama Un momento entre palabras. Porque cada semana quiero que hagamos precisamente eso. Pararnos unos minutos entre todas esas palabras que escuchamos durante el día y quedarnos con algunas. Con las que nos hacen sentir. Con las que nos hacen pensar. Con las que quizá nos acompañan un poquito.
La pregunta de la semana
«¿Qué crees que aportas tú a ese gran diamante?»
No qué haces mejor que los demás. No en qué destacas. Simplemente… ¿qué hay en ti que sea tuyo y que puedas aportar a las personas que tienes alrededor?
Quizá sea tu manera de escuchar. Tu sensibilidad. Tu sentido del humor. Tu creatividad. Tu forma de cuidar. Tu manera de ver las cosas. O quizá todavía no sabes qué es. Y tampoco pasa nada. Podemos pensarlo durante esta semana. Yo también lo haré. Y la semana que viene volveremos a empezar desde aquí.
Y bueno… hasta aquí nuestro segundo Un momento entre palabras. Gracias a Moments FM por dejarme compartir una semana más este pequeño espacio y gracias a vosotros por estar al otro lado.
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